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Crónica sobre el viaje en el Toftevaag

Después de que haya pasado más de un mes de poder disfrutar esta experiencia transformadora, me dispongo a relatar una pequeña crónica de la misma. Es imposible (al menos para mí) poder plasmar con palabras escritas, todas las emociones vividas a bordo del Toftevaag. Pero intentaré hacerlo lo mejor que pueda.

Como participante a través de mi Asociación Canina Licaón en el Proyecto Libera, apadrinado por SEO Birdlife y Ecoembes, tuve la enorme fortuna de poder embarcarme una semana en el Toftevaag. El espectacular barco histórico de Ricardo Sagarminaga, que antaño fue un pesquero de arenques noruego y desde 1989 es el barco científico del proyecto de investigación y educación Alnitak – Conservation in Action. Imaginad la situación: Al día siguiente de regresar de vacaciones, en plena depresión postvacacional, recibo la llamada que me informa que me embarco en apenas tres semanas. Pude hacer y deshacer la mochila unas 4 o 5 veces, para asegurarme de no llevar nada que no fuera imprescindible y que ocupara el mínimo espacio posible. Y por fin llega el día. Varios voluntarios nos embarcamos en esta aventura. Entre ellos, María. Nuestra amiga de triECO Educación Ambiental. Aeropuerto, avión, aeropuerto, taxi contratado por Libera y finalmente, el puerto de Mahón. El chófer no sabía el número de pantalán y nos pasamos. Pero reconozco el barco desde lejos. “¡Es ese de allí, es ese!”. Jamás lo había visto en persona, pero en las semanas previas busqué toda la información posible y escruté todas las fotos sobre el barco y sus actividades que pude. Damos la vuelta y por fin llegamos al Pantalán C. Y al fondo, destacando entre todos los barcos de Mahón, estaba el Toftevaag. Qué preciosidad de barco.

Nos recibe Beat, un hombre de mar experimentado, muy hábil con la madera y con la complicadísima navegación y mantenimiento de un barco histórico como este. También Nathan, un joven sudafricano enrolado en la tripulación durante toda la temporada de navegación, con un espíritu explorador, aventurero y conservacionista fuera de toda duda. Y también nos recibe lo que para mí fue el ejemplo vivo de lo que me encantaría que fuera toda la gente joven: Sophie. Una chica con apenas 19 años recién cumplidos, con la titulación de Capitán, miles de millas recorridas por todo el mundo, dominando a la perfección varios idiomas, con un compromiso y dedicación al Proyecto máximos, y con una madurez, paciencia y sentido de la responsabilidad por estar a cargo de 6 personas en alta mar, que parecía que tuviese 35 años. Sinceramente, si mi hijo tiene que tener a alguien como modelo (además de su madre y yo), me gustaría que fuera alguien como Sophie. Ella nos explica el Proyecto, lo que hacen durante la temporada, lo que vamos a hacer esta semana, las tareas que están previstas y cómo nos vamos a organizar. Si alguno de los voluntarios pensaba que esto iba a ser una embarcación de recreo, en ese momento tuvo que darse cuenta de lo equivocado que estaba.

Por motivos de huelgas en el aeropuerto de Barcelona, Ricardo (Ric), el Capitán y propietario del Toftevaag, no pudo llegar hasta el día siguiente. Además el clima nos impidió salir a navegar el primer día. Pero no anduvimos perdiendo el tiempo. Si algo sobra en un barco histórico como el Toftevaag, es trabajo. Lijado y barnizado del casco, limpieza de la cubierta, comprar víveres para la semana, organizar los turnos de las tareas de vigilancia, toma de datos, timón, cocina, limpieza, etc.

El segundo día llega Ric. Capitán del Toftevaag y del Proyecto Alnitak. Un conservacionista y ecologista curtido en la época dura de Greenpeace. Nos detalla más profundamente el objetivo del Proyecto, su visión y su misión. A mí me gana desde el minuto 1. Haremos seguimiento a cetáceos, escuchas mediante hidrófono, estudiaremos el impacto de los microplásticos en el ecosistema marino, retiraremos residuos del mar, así como redes fantasma, nasas y otras artes de pesca a la deriva. Pero el objetivo principal es claro: encontrar una Tortuga, capturarla y colocarle una etiqueta vía satélite para poder seguir sus movimientos. Sólo queda por poner una etiqueta de las que tenían al principio de la temporada. Y es fundamental ponerlas todas.

Así que nos hacemos a la mar. La tripulación dándonos instrucciones, dónde situarnos para no estorbar y qué hacer para poder ayudar. Y los voluntarios intentando hacer lo posible por no ser un mero lastre, hasta que pilláramos los conceptos básicos. Para mí ha sido mi primera experiencia de navegación. Y como quería exprimirla al máximo, no quise jugármela a probar suerte sin medicarme por si no me mareaba. Así que me “dopé” con Biodramina durante toda la semana. No se me pasaba por la cabeza perderme algo así, por estar mareado. Y menos mal que funcionó. Tuvimos un mar bastante picado en las primeras millas, que hacía que nos moviéramos mucho de un lado para otro. Y en ese contexto, para profanos en materia del mar como yo, realizar cualquier tarea resultaba muy complicado. Sólo intentar mantener el equilibrio, hacía que los gemelos y glúteos trabajaran como si estuviéramos haciendo sentadillas. Pero en poco tiempo ya estaba habituado. Después el mar estuvo más calmado y pudimos trabajar más cómodamente. En un momento dado, Ric me pregunta si quiero tirarme al agua, agarrarme a un cabo y dejarme remolcar por la inercia que llevaba el barco, que en ese momento tenía el motor apagado. “¡¿Que si quiero?!” Casi antes de que Ric pueda terminar la frase, ya estoy en el agua con la Go-Pro y las gafas de bucear puestas. Jamás había nadado antes en alta mar. Me dejo arrastrar por el barco, disfrutando como un niño pequeño. Ni siquiera voy pendiente de la cámara. Voy escrutando el fondo y mi alrededor, por si tengo la suerte de ver algo. Miro al barco desde una perspectiva que no conocía todavía. Es precioso desde cualquier ángulo. Sin darme cuenta, me acerco demasiado al casco y me rozo con él. Me retiro empujándome un poco con brazos y piernas, y subo de nuevo a bordo para poder proseguir con el motor. Una vez arriba, aún estoy con una sonrisa de oreja a oreja y una compañera voluntaria me mira con cara de asombro y me dice “¡Estás sangrando!”. Y efectivamente, de la rodilla, el antebrazo y la mano caía sangre que, mezclada con el agua que aún tenía mojándome, hacía que pareciera bastante escandaloso. Lo que ocurrió fue que las diminutas lapas y otros moluscos adheridos al casco del barco, me hicieron minúsculos cortes cuando me rocé con él. Cortes tan finos, como si hubieran sido hechos con hojas de bisturí. Ni me enteré que me los hice. Puedo decir que el Toftevaag me marcó. LITERALMENTE.

Paramos a observar unas cuevas espectaculares en unos acantilados, a las que Beat, Nathan y Sophie pudieron acercarse con la zodiac. Pudimos ver y fotografiar unos Delfines Mulares (Tursiops truncatus) nadando bastante cerca del barco, que nos acompañaron un buen rato. Recogimos numerosos residuos flotantes. Sobre todo plásticos y envases de poliexpan. Aunque no faltaron botellas, pelotas de playa, bolsas, etc. Recogimos también nasas y redes fantasma, que flotan a la deriva al haberse roto sus anclajes, pero que siguen atrapando animales que mueren invariablemente. Y entre estos aparejos de pesca, recogimos uno que jamás había visto. Localizamos un bulto con los prismáticos, flotando a lo lejos. Pusimos la proa en su dirección y avanzamos. Beat me pregunta qué es. Y lo que yo veía con los prismáticos me parecía tan absurdo, que me dio un poco de vergüenza decírselo: “Veo como un arbolito flotando verticalmente”. Pero el barco se va acercando más y más, y en efecto, lo que se ve es un arbolito seco flotando. Se trata de un arte de pesca utilizado para capturar Llampugas o Mahi-Mahi (Coryphaena hippurus), muy selectivo y ancestral, utilizado desde hace siglos en el Mediterráneo. Consiste en fabricar una especie de balsa pequeña y añadirle algunas hojas de palmera o ramas de árbol en posición vertical y horizontal. La que habíamos localizado estaba fabricada con un pequeño palé, una colchoneta hinchable de playa, unas ramas secas dispuestas horizontalmente que sobresalían de la balsa y otras ramas verticalmente. Este artilugio se ancla al fondo con un lastre y se deja un tiempo. Lo que ocurre es que se crea un micro ecosistema que atrae pequeños peces, que se refugian bajo la balsa de los predadores. Al cabo de poco tiempo, el número de pequeños peces atrae a las Llampugas que se quedarán rondando la balsa, intentando cazarlos. En ese momento, los pescadores rodean con una red la balsa a bastante distancia, y al cerrar el cerco atrapan a las Llampugas. Los peces pequeños escapan y ninguna especie no deseada es atrapada. El problema de la que encontramos, fue que el lastre que la anclaba se soltó, de modo que navegaba a la deriva. Así que Nathan, Beat y Sophie fueron a por ella en la zodiac. Sophie se metió en el agua intentando grabar a las Llampugas que rodeaban el artilugio, que pasaron por debajo de nuestro barco. Así que Ric me preguntó si quería tirarme al agua con la Go-Pro, para intentar grabaros. De nuevo estaba en el agua antes de que pudiera terminar la frase. Pude ver las Llampugas nadando cerca de mí, junto al barco. Pero estaba tan absorto disfrutando ese momento, que ni caí en apuntar con la Go-Pro en su dirección para grabarlas. Finalmente subimos el artilugio flotante al barco.

Otro día estuvimos rodeados por un grupo de entre 150 y 200 ejemplares de Delfín Listado (Stenella coeruleoalba), que jugaban, saltaban y se deslizaban delante del barco. Una experiencia preciosa, que disfrutamos todos muchísimo. Esta especie de delfín se dejó ver varios días mientras navegábamos.

Uno de los días navegamos hacia zonas de grandes profundidades, siempre con la idea de la Tortuga en la cabeza. Ese día tuve una verdadera experiencia transformadora. Un bofetón de realidad que hizo que mi percepción como especie humana, quedara meridianamente clara. En ocasiones, Ric nos preguntaba si nos apetecía darnos un baño. Algo que se agradece muchísimo, después de estar horas en cubierta bajo el sol. En ese momento nos encontrábamos a mucha distancia de tierra. Tanto, que no se veía por ningún sitio. Nos metimos en el agua y me quedé mirando hacia abajo. No veía nada más que azul que se iba oscureciendo con la profundidad. Saqué la cabeza del agua y miré a mi alrededor. No veía nada que me pudiera servir de referencia (excepto el barco, por supuesto). Le pregunté a Ric la profundidad de lugar donde estábamos. Cuando dijo 1500 metros, me quedé impactado. Jamás había nadado en agua tan profunda. Sé que hay profundidades mucho mayores en mares y océanos del mundo, pero para mí esos 1500 metros eran (son) una inmensidad. Siempre había creído ser consciente de la insignificancia del ser humano, en comparación con el global del planeta. Pero hasta ese momento, en mitad del mar, sin referencias de tamaño o distancia, ni en la superficie ni bajo ella, no había experimentado esa sensación realmente. Creo sinceramente, que subí de nuevo al barco cambiado.

No vimos tortugas, pero el hidrófono nos permitía oír que no muy lejos, había Cachalotes (Physeter macrocephallus). Oíamos los clicks que emiten para localizar a los calamares de los que se alimentan, mientras van buceando a profundidades que pueden superar los 2000 metros. Seguimos navegando, cuando avistamos el chorro de un cachalote. ¡Se trataba de una cría! Un precioso ballenato que jugaba en la superficie, mientras el resto de su familia buceaba para capturar alimento. La cría no tiene la capacidad de buceo tan desarrollada como los adultos, así que se queda esperando pacientemente. Pasamos cerca con el barco, pudiendo fotografiarlo y grabarlo en vídeo. Al momento, el joven cachalote comenzó a golpear el agua con la cola y a dar algunos saltos. Rápidamente, Sophie, Nathan y yo nos subimos a la zodiac y tratamos de llegar donde se encontraba, para intentar encontrar algún trozo de piel muerta que se suele desprender durante los saltos. Esta piel se puede analizar y descubrir la presencia de toxinas o metales pesados. Fue una especie de pilla pilla. Nos acercábamos con la zodiac y el pequeño cachalote se sumergía, para reaparecer unos minutos después a bastante distancia. Volvíamos a intentarlo un par de veces más y ocurrió lo mismo. Así que dejamos de molestarla y subimos de nuevo al barco. Tras varios minutos, volvimos a ver de nuevo un chorro y nos dirigimos hacia allí. Y para nuestra sorpresa, vimos que era un cacalote adulto (probablemente la madre). Estar al lado del depredador más grande del planeta, es algo difícil de explicar. Cuando por fin seguimos con la navegación, me di cuenta de que estaba temblando de emoción. Fue una experiencia maravillosa.

Una de las tardes, Ric nos avisó que saldríamos a navegar a las 4 de la madrugada del día siguiente. Y que si bien no era necesario que nos despertáramos a esa hora, navegar de madrugada tenía su encanto. Así que ahí me planté en cubierta a las 4. Abrigadito y con bastante sueño. Pero con la ilusión de un niño pequeño. Y  tal como dijo Ric, mereció la pena. El cielo limpio de contaminación lumínica, las estrellas brillando como nunca, la oscuridad del agua, el crujir de la madera del barco y el sonido de las olas golpeando el casco.

Una tarde fondeamos el Toftevaag en la cala de Es Grao. Con cuidado, para que no cayera en las posidonias del fondo, soltamos el ancla y pudimos disfrutar de un largo baño en aguas transparentes, pudiendo ver numerosos peces y alguna pequeña medusa. Por cierto, subir a pulso el ancla del Toftevaag, no es moco de pavo. Y mucho menos si lo haces sin haber desayunado. Entre Ric, Sophie y yo (al ritmo de la canción Señorita), izamos el ancla con bastante esfuerzo.

Tras un largo día de navegación, una de las noches llegamos a Ciutadella. La verdad es que es una visión preciosa entrar en ese puerto de noche, con las luces de las casitas en los pequeños salientes rocosos. Una perspectiva que sólo puedes tener si vienes desde el mar. Sophie manejó con maestría el Toftevaag, para poder atracarlo en el puerto y pasar la noche allí. Como no podía ser de otra manera, el barco atrajo todas las miradas de los viandantes.

Durante nuestras jornadas utilizamos el Manta Troll. Un artilugio diseñado para recoger y filtrar los microplásticos de la superficie marina, para luego poder analizarlos y clasificarlos. Pudimos comprobar en primera persona, que incluso algunas pequeñas medusas capturadas por el Manta Troll, tenían en su interior trozos de microplásticos. Y este aparato sólo filtra en la superficie. Imaginad la cantidad de plástico que flota en distintos estratos de profundidad. Es verdaderamente un problema de envergadura global. Como comentamos en una de las tertulias que teníamos habitualmente, es necesario encontrar algo que movilice a la sociedad para que se tome en serio este problema y presione a las marcas fabricantes de envases, para que cambien su política. No es imposible. El ejemplo más cercano lo tenemos en el aceite de palma. Hace poco más de dos años, la gran mayoría de personas no sabían lo que era el aceite de palma, ni lo que supone su cultivo para los ecosistemas. Bueno, pues se consiguió hacer llegar el mensaje hasta el consumidor, hasta el punto de hacer tanta presión, que marcas potentísimas del sector de la alimentación, se vieron obligadas a fabricar sus productos estrella sin aceite de palma. Es necesario encontrar el mensaje o la imagen que haga llegar la realidad de este problema a la sociedad, para que fuerce a los fabricantes a buscar alternativas de envasado y embalaje.

Tras muchos días de navegación, no tuvimos la suerte de encontrar la tan ansiada tortuga. Nos dejamos los ojos en los prismáticos buscando, pero no hubo suerte con eso. Una pena, sobre todo sabiendo que quedaban muy pocos días para que el Toftevaag fuera sacado del agua, para repararlo y prepararlo para la próxima temporada. Hubiera sido la guinda del pastel. Pero para alegría de todos, un par de días después de volver a casa, nos llegaron fotos con la tan ansiada tortuga siendo etiquetada por la tripulación. Al final, el esfuerzo dio sus frutos.

En definitiva, me considero enormemente afortunado de haber podido vivir esta experiencia. He conocido gente maravillosa y una asociación en la que debe inspirarse Licaón. Ha sido también una experiencia de convivencia, en la que en un espacio pequeño, hemos tenido que vivir y trabajar 10 personas de muy distinta índole. Un esfuerzo por parte de todos. Sobre todo de la tripulación, demostrando una paciencia infinita. Sobre este tema, me surge siempre la pregunta de por qué hay personas que pretenden, cuando llegan a un lugar nuevo, que todo lo que les rodea se adapte a ellos, cuando lo realmente interesante y enriquecedor, es adaptarse a esa nueva circunstancia, esforzarse al máximo y absorber todo lo que nos ofrece. Poner pegas por todo, condicionar la estancia o el trabajo de los demás, crear situaciones de riesgo, poner por delante el interés personal sobre las necesidades del grupo… No sé. Es algo que no me entra en la cabeza. Más aún cuando previamente te explican cómo va a ser la estancia en ese lugar, el trabajo que vamos a realizar, las condiciones en las que vamos a tener que convivir, las particularidades de estar navegado continuamente, etc. Es como leer todo eso y pensar, “Vaya, no es mi rollo en absoluto y sé que no aguanto las condiciones de sol, humedad, comida de batalla, etc. Pero voy a ir de todos modos y haré lo que me dé la gana”.

Pero por supuesto que no quiero que esto sea mi última reflexión. Me quedo con los cachalotes, las llampugas, las tortugas, los delfines, las pardelas, los peces voladores y las medusas. Me quedo con los atardeceres de fuego y los amaneceres dorados, el sol y la sal en el cuerpo, las estrellas más brillantes y la noche más oscura. Me quedo con colaborar con un Proyecto tan maravilloso como duro y necesario, con la colaboración con los pescadores, con el Manta Troll, con la lucha contra los microplásticos, la basura que llega al mar y las redes fantasma. Me quedo con conocer personas con las mismas inquietudes, otear el horizonte, trabajar duro, nadar en mar abierto, las profundidades insondables, las risas y el silencio a bordo. Me quedo con Ric, Sophie, Beat y Nathan. Me quedo con el Toftevaag.

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